Revista Sinalefa
SINALEFA
Revista Internacional de Arte y Literatura
Desde New York, E.U.A.
Director: Rafael Bordao


Aniversario


Patricia Blumenreich
por Patricia E. Blumenreich

Hoy es el trigésimo aniversario de las bodas de Pablo y María Elena. Son las seis de la mañana. A través de la persiana entreabierta sólo se divisa una luz amarilla tenue que proviene de una lámpara, la única en esa cuadra del suburbio, el más distante del centro de la ciudad más allá del cual sólo existen campos cubiertos por maíz. Los números rojos del reloj brillan y súbitamente, como si hubieran ganado vida, comienzan una danza intermitente e insistente al ritmo de guitarras y tambores que sólo se interrumpe cuando la mano de Pablo se extiende desde una almohada arrugada y golpea con fuerzas el botón que trae el silencio. María Elena tiene los ojos abiertos, le arden. Está despierta desde las cuatro observando la oscuridad. Piensa, recuerda lo que fue, imagina lo que pudo haber sido. Oye el cerrar de la puerta del baño y el ruido de la ducha, el golpeteo de las gotas de agua sobre la mampara, la barra de jabón cayendo al piso. Cierra los ojos y extiende la sábana hasta que le cubre el cuello. Simula dormir.

Pablo sale del baño, del cuarto y de la casa. Cuando la puerta del garaje termina de cerrarse ella se levanta y recoge el robe de seda blanco del respaldo de la silla de terciopelo azul. La bata fría se entibia al entrar en contacto con su piel. Se ata el pelo con una cinta que había arrollado sobre la cómoda y descalza va hacia la cocina conciente del cosquilleo que le produce el tejido de la alfombra. Mientras hierve agua para el café prende la radio. Hay guerra, más muertos. Las noticias son interrumpidas por un anuncio para comprar seguros. Ignora a ambos y la apaga. Cuando oye el silbido de la caldera se percata que sus brazos tensos han apretado su pecho hasta producir dolor. Al sentarse a la mesa el café desborda la taza y le quema la piel. Trata de concentrarse en lo que ve a través de los vidrios manchados por gotas de lluvia secas, las casas vecinas, un ómnibus escolar, una ardilla trepando a un árbol, el sabor del café. Pero no puede. La fuerza del presente es más débil que los fantasmas que viven en su mente, que salen de sus cuevas y hablan, discuten y la fuerzan a pensar. Pero ella no quiere pensar.

Ella quiere concentrarse en el ahora, en el aroma a lavanda de su bata, en el calor de la porcelana. Pero fracasa. Un fantasma le trae a la visión de su mente la María Elena de hace treinta años, la que reía. Ve a esa mujer en la distancia de las décadas y se pregunta si realmente rió alguna vez o si es su imaginación que le hacer creer lo que no fue. Se cubre los ojos con sus manos para ahuyentar a esos fantasmas, como si fuera una niña que aún cree que si se tapa los ojos no será vista, pero ahora la imagen es aún más clara y la asusta. Necesita distraerse y abre un catálogo, pero lo cierra de inmediato. Son las ocho de la mañana. Sólo escucha el zumbido del paso del tiempo. En la ducha desliza el camisón a lo largo de su cuerpo hasta que cae sobre las baldosas frías del baño. Cierra sus ojos y las gotas de agua caliente caen sobre su cuerpo desnudo como un manojo de agujas que atraviesan su piel. No sabe en qué dirección está parada. Se siente perdida. Cree oír el teléfono pero lo ignora. Abre los ojos y se sorprende al encontrarse mirando la pared opuesta a la que creyó estar enfrentada. Se viste sin apuro. Elige la camisa de franela gastada que Pablo dice la hace gorda y vieja. Pero ella no la quiere tirar, es su favorita. Suena el teléfono otra vez. Es Pablito, su hijo. Necesita plata, no le alcanza para pagar el alquiler. Él sabe que ella no se va a negar. Las razones que él le da no son las que ella conoce pero no lo contradice. Acepta sus mentiras, sus pretextos, y promete escribir un cheque. Él le agradece y pide que no le cuente al padre, dice que no quiere preocuparlo. Ella sabe.

Abre la puerta del fondo y al inhalar el perfume de los árboles los fantasmas saltan otra vez y le impiden concentrarse en lo que necesita. Recoge su cartera y entra al auto. Maneja en dirección al apartamento de sus padres. Lo encuentra limpio, inmaculado. Sus padres siempre dejan todo en orden cuando se van de viaje. Ahora están en un crucero en algún lugar tropical. Hay un mensaje en el contestador. Oye la voz de su madre, que entre risitas traviesas de adolescente despreocupada le cuenta que anoche bailó con el capitán, y su padre hace un comentario que ella no entiende. Borra el mensaje, no quiere escuchar más. Busca a la gata que debe alimentar. La encuentra escondida detrás de uno de los sillones del living pero escapa al verla. Ella odia ese animal. Cambia el agua del bowl y agrega comida a su plato de loza rosada. El apartamento huele a la fragancia de su madre y a la loción de afeitar de su padre. Mira a su alrededor. Sobre una bandeja de plata tallada ve una invitación de casamiento que ella no recibió y cinco bombones. Al tomar uno siente el crujir del papel de celofán entre sus dedos. Lo guarda sin abrir en su bolsillo.

Es pasado el mediodía. Al salir a la calle el ruido de un taladro y los bocinazos la aturden. Decide escuchar un CD. Una voz nasal y melancólica cuenta sus desdichas, sus abandonos. Una lágrima se desliza junto a su nariz y se la seca con el dorso de su mano. Al detenerse en una intersección observa una camioneta que dobla desde la derecha. El hombre la mira. Por un instante sus miradas se cruzan y se cuentan una historia. Nunca más se verán. Entra a un café y come un sándwich con la mirada clavada en el plato que se cubre de migas y trozos de tomate. Dos mujeres que hablan fuerte la empujan al salir y miran con lo que ella interpreta como desprecio. Tira el café y el resto del sándwich antes de entrar al auto. Emprende el camino hacia su casa. Al costado del camino ve un cuervo picoteando la carne de una ardilla muerta. Se pregunta si esa ardilla tuvo cría, si hace alguna diferencia para la familia de la ardilla que ésta haya sido pisada o no. ¿Quién recoge a los animales muertos del medio del camino? Se pregunta. Al final morimos solos, se dice. Alguna vez leyó o escuchó esta frase pero no sabe quién la dijo. Apenas entra a la casa suena el teléfono. Es Elenita, su hija. Le pide que cuide de la beba por unos días y la traerá mañana a las cinco de la mañana. María Elena le dice que mejor ella va a su casa, no quiere que despierte a la beba tan temprano. Pero Elenita insiste, dice que no quiere incomodarla más. María Elena sabe que la verdadera razón es que su yerno no la quiere en su casa. Ella lo sabe y Elenita lo sabe. Pero todos pretenden y sonríen. María Elena abre un cajón. Apoya el álbum de fotos sobre su falda y lee la inscripción en letras doradas "Nuestra Boda".

Ha sido fiel a este ritual por treinta años y durante cada uno de ellos se preguntó si quiere a Pablo. ¿Qué quiere decir "querer"? se pregunta una vez más. Cuando uno quiere algo y lo obtiene lo deja de querer. ¿Cómo es posible entonces que lo quiera? Su argumento cae en el absurdo; la lógica ha fallado una vez más. Guarda el álbum. Sabe que mirará esas fotos en un año. Oye el abrir y cerrar de la puerta y los pasos de Pablo sobre la madera. Él tira el portafolio sobre una silla, se afloja la corbata y prende el televisor. Hace algún comentario acerca del trabajo pero su voz se entrevera con la del locutor. Ella no entiende qué dijo pero no le pregunta nada. Cenan sin mirarse, masticando con indiferencia, sin hablar. Mientras ella lava los platos y luego plancha una pollera, él mira televisión, un episodio repetido de una serial que finalizó hace quince años. A las diez Pablo sube la escalera hacia el dormitorio y ella lo sigue. Él abre una revista de deportes. "¿Qué fecha es hoy?", le pregunta. "27 de Setiembre", ella contesta. Él apaga la luz y se da vuelta. María Elena cree oír que él dice "Feliz aniversario", pero no está segura. Duda si pedirle que repita lo que dijo pero él ya ronca. Ella apoya la cabeza en la almohada y suspira con alivio. Por suerte mañana será un día igual a todos, se dice y comienza a soñar.

Patricia E. Blumenreich, autora y médica psiquiatra, nació en Montevideo, Uruguay. Es la autora de los libros de cuentos "VIDAS" (1st author, 2003) y "De padres, hijos y muerte" (Editorial Baquiana, 2006). Ha publicado varios cuentos en la Revista Literaria Baquiana y es la principal editora y autora de libro "Clinical management of the violent patient" (Brunner Mazel, 1993). Ha escrito artículos y capítulos relacionados a su profesión. Reside en Minneapolis, USA.

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