Revista Sinalefa
SINALEFA
Revista Internacional de Arte y Literatura

Desde New York, E.U.A.
Director: Rafael Bordao
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Oscar F. Ortiz

Oscar F. Ortiz

Venganza china

Los roedores no me dan tregua; llevan días banqueteándose conmigo. Todo me duele por dentro; me siento cercano a la muerte, lo cual, en estos momentos, resulta una buena noticia. Estoy cansado de vivir. Pude haber tenido una infancia feliz, como cualquier otro; pero no es fácil vivir contento bajo el oprobio de una tiranía. Me pesa el alma, porque me he quedado solo. Papá y mamá ya no están, han pasado a mejor vida. Agonizo. Sin embargo. . . me río. Creen que les voy a dar el gusto de verme suplicar por una muerte rápida, y no morir podrido por las llagas infectadas que producen las mordeduras de las ratas gigantes que cohabitan conmigo en esta celda hedionda. ¡Qué engañados están! Si me aferro unos minutos más a esta puñetera vida es para contar (aunque sólo me escuchen las paredes) el drama de mi vida y cómo llegué a convertirme en un asesino. Nunca hubo nada más lejos de mi pensamiento, pero hasta asesinar puede volverse una necesidad cuando el destino nos juega una gran mala pasada. Eso sí, ninguno de los que aniquilé es inocente. Quienes murieron por mi mano, murieron pagando sus culpas. Todos los que eliminé, asesinaron, robaron, delataron, acosaron, maltrataron, traicionaron, persiguieron y fusilaron. Eso debe quedar claro.

Por lo que valga, ahí les va mi historia. . .

Cojímar es un diminuto pueblo en la parte norte de la ciudad de Guanabacoa, que también colinda por el este con La Habana. Más que pueblo, parece un barrio, aunque (en la época en que se desarrolla este relato) ya estaba próximo a tener ocho mil habitantes. Cojímar tiene una hermosa playa y un pequeño puerto que lleva su mismo nombre. Tenía, antes de la Revolución, un activo comercio de víveres, licores, artículos de ferretería y otras misceláneas. También contaba con tiendas de vender ropa, calzados, perfumes, joyas, etcétera. Había farmacias donde adquirir todo género de medicamentos y hasta un boticario que se creía con conocimientos a la par de los de un médico, y «recetaba» a todos sus clientes sin temor a equivocarse.

Cojímar también contaba con una eficiente línea de ómnibus, llamada la Ruta 77, la cual movía gente de todas partes. Tenía varias iglesias, entre ellas una católica llamada Nuestra Señora del Carmen, la patrona del pueblo. Su fiesta patronal se celebraba en el mes de julio, bajo un tiempo maravilloso. El río de Cojímar, tan bello como manso, se llama Las Lajas y desemboca en la bahía. En el Puerto de Cojímar existe una especie de monumento histórico que semeja una fortaleza, y al que llaman «El Torreón». Este monumento está ubicado al final de la vieja Calle Real y tengo gratos recuerdos de él, porque mi padre siempre me llevaba a verlo, cuando juntos paseábamos por el puerto. Papá me hacía detenerme frente al monumento y apuntando un índice hacia la escultura, pronunciaba la palabra «libertad».

Libertad, para la colonia chinocubana es una palabra sagrada. Cuando la plaga comunista comenzó a rapiñar en Cuba, papá ya era un comerciante próspero y a raíz de las intervenciones a los negocios privados y las persecuciones a quienes no se dejaban adoctrinar, ni accedían a formar parte de las turbas chusmas, mi padre, y un grupo de compatriotas suyos, decidieron elegir al Puerto de Cojímar para escapar de la dictadura comunista que se adueñaba de Cuba; como habían hecho sus antepasados siglos atrás, al huir del dominio inglés. Una noche en que el sueño no me rendía lo escuché discutir acaloradamente con mi madre, aunque entonces no pude entender bien el motivo de la discusión. No fue cosa de una sola vez, la polémica se repetía y ninguno de los tres podíamos dormir, aunque ellos jamás sospecharon que yo los espiaba. Mi padre, y varios empresarios chinos, preparaban una embarcación a escondidas de los esbirros del régimen. El plan era escapar juntos a Estados Unidos, con aquellas pertenencias que lograran sacar de la isla. Lógicamente, el botín era considerable, los chinos somos gente laboriosa y muy bien administrada, eso lo hemos probado con creces donde quiera que emigramos.

Como se trataba de una travesía riesgosa y no exenta de culminar en una tragedia, todos los participantes decidieron hablar con sus cónyuges y explicarles que deberían quedar con sus hijos en la isla, hasta que ellos pudieran llegar a tierras de libertad y hacer un reclamo legal desde Estados Unidos para sacarnos del país. En aquella época eso era posible. Mi madre vivía angustiada porque no quería romper el núcleo familiar, aunque fuese temporalmente. Pero al fin papá la convenció... Bueno, papá y las circunstancias. Cada día el cerco se estrechaba más, y la vida se les complicaba a quienes no aceptábamos las barbas del Comandante en Jefe. Por eso mi madre finalmente accedió.

La embarcación que consiguieron no corrió con suerte; ellos tampoco. La Guardia Costera los sorprendió y fueron ametrallados sin compasión al negarse a detener la marcha ante la presión de los esbirros. La muerte de mi padre fue un golpe demasiado rudo. A los comunistas no les bastó la matanza realizada, trajeron los cadáveres e hicieron un despliegue alrededor del monumento histórico que tanto agradaba a papá, al final de la Calle Real. Allí los dejaron tirados por veinticuatro horas, para que Cojímar entero aprendiera la lección. Yo lo presencié todo; mi madre también.

Desde ese día, a la edad de once años, empecé a planear mi venganza. Lo primero que hice fue comenzar a actuar como los anormales. Algunas personas suelen perder sus facultades mentales ante un golpe emocional demoledor, por eso a nadie le extrañó que el único hijo del matrimonio Wong, empezara a comportarse ambiguamente. Los vecinos me veían haciendo las bobadas más inverosímiles. Unos me llamaban idiota, otros chinito «comemielda», en la mayoría de los casos intentaban hacerme razonar, pero yo los defraudaba con una mirada hueca y una sonrisa zonza. Los más cureles me mandaban a hacer travesuras y después me delataban; nada serio, diabluras de muchachos. Cuando todo Cojímar me etiquetó como el cretino oficial del barrio, me dediqué a cultivar los manierismos de los afeminados y a fingirme el desvalido. Con la llegada de la pubertad de chinito «comemielda», pase a ser chinito «malicón». A mí todo me venía bien porque en el fondo estaba trabajando arduamente para redondear el papel de un ser indefenso.

El próximo paso fue ubicar y estudiar a todos los que habían tomado parte en la masacre. El responsable más peligroso era el capitán Correa, a quien apodaban «Pirigua» (nunca sabré por qué). «Pirigua» era un hombre de cuarenta y pico de años, de baja estatura pero complexión nervuda. Bebía mucho, sobre todo ron, y fumaba tabaco. Su estereotipada imagen del miliciano rebelde le impedía ser un hombre aseado y mucho menos decente. Siempre andaba con el uniforme verde olivo de la odiosa Milicia Territorial, arrugado y moteado por parches sudorosos que se le acumulaban bajo las axilas, en el pecho y en las rodillas. Como casi todos los milicianos que conocí, llevaba barba y bigotes. Los hombres de «Pirigua» estaban cortados por el mismo molde, porque todos se esforzaban en imitarlo a él, mientras que Correa se desvivía por ser un clon del Máximo Líder.

Después de la matanza realizada en la bahía de Cojímar, «Pirigua» se convirtió en el señor del pueblo, o del barrio. El capitán Correa no tardó en comenzar a acosar a las viudas de los muertos, sobre todo a las mujeres más agraciadas. Por desgracia, mi madre era una de ellas y pronto lo tuve colado en casa. Mi rencor aumentaba por día... Si él supiera cuántas veces pude haberle cercenado la garganta, mientras roncaba a pierna suelta en el lecho de mis padres, habría muerto del susto. Pero yo sabía que de hacerlo, hasta allí llegaba. Los demás sobrevirían mi venganza. Por eso soporté estoicamente todo lo que le hizo a mi madre. Ella lo repudiaba tanto o más que yo, pero aguantaba sus acosos por mí, porque «Pirigua» no se cansaba de amenazarla con todo el daño que me haría si mamá no aceptaba (aunque fuera a regañadientes) sucumbir a sus bajas pasiones. Esa era la situación.

Con el paso del tiempo mi plan de venganza fue tomando forma, y una vez que lo tuve claro en la mollera comencé a preparar las condiciones para ejecutarlo. Lo que me más esfuerzo me costó fue acostumbrar a todos a verme palear tierra en una carretilla y correr con ella por todo el barrio, jugando a ser un obrero de la construcción. Al principio me detuvieron varias veces y me encerraron en la jefatura del pueblo, porque pensaban que yo intentaba hacer diabluras, pero mi madre intercedió por mí ante el capitán Correa y éste acabó por ordenar que me dejaran en paz. Claro estaba que yo era un «anormal», que no existía malicia alguna en lo que hacía y que mi atrofiada mente no daba para más. A partir de entonces los milicianos de «Pirigua» me dejaron en paz y yo andaba todo el día recorriendo el barrio empujando la carretilla cargada de tierra, que recogía en un sitio y descargaba en otro. Siempre lo hacía en la zona del puerto, en una forma ordenada y sin causar trastornos a nadie. Lo que parecía una idiotez al barrio entero, para mí me resultó de gran utilidad. Para empezar, fortaleció mi cuerpo y comencé a desarrollar unos músculos que, sin ser exagerados, poseían una fuerza poco común para un jovencito de mi edad. Pero también sirvió para ganarme la indiferencia de la Milicia y ya ningún sicario del capitán Correa se fijaba en mí cuando me veía dar viajes con la carretilla cargada de tierra. A quienes me detuvieron para mofarse, los miraba estúpidamente, me sonreía y les decía:

—¡Chinito, «oblelo» de la «constlucción»!

Ellos reían y me dejaban tranquilo. El chinito «comemielda» era inofensivo. . .

Pasó el tiempo. «Pirigua» continuaba visitándonos, y cuando las borracheras lo rendían y quedaba desmadejado sobre la cama, mi madre corría a meterse en el baño para asear su cuerpo y su espíritu de los residuos de aquel baboso. Entonces yo me sentaba a su lado en la cama y contemplaba al capitán Correa pensando en las cosas que le haría cuando llegara el momento. Aunque no lo crean, hacer aquello me daba fuerzas para continuar mis planes de venganza, porque me sabía en control de la situación. Allí estaba el marrano, roncando a pierna suelta y sin una gota de fuerza con la que hacerme resistencia de haber tomado yo un cuchillo de la cocina y dedicarme a desmembrarlo vivo. Asimilar el poder que estaba adquiriendo era una experiencia adictiva y estimulante. Una de las cosas que aprendí de mi padre, fue que para poner un plan en práctica uno debe «verlo» armado primero con el ojo de la imaginación. Y, sentado a su lado mientras roncaba, yo «veía» como iba cortando en trocitos a «Pirigua» mientras que él nada podía hacer por evitarlo; como nada pudieron hacer mi padre y sus compañeros para impedir que los ametrallaran sin compasión.

Cuando maté al primero y lo enterré de noche, cerca del puerto, nadie se enteró. Es más, ni siquiera sospecharon que les pasé el cuerpo descuartizado del miliciano por delante de sus propias narices, oculto bajo el montón de tierra que yo cargaba en la carretilla. ¿Quién iba a sospechar de un chinito «comemielda» y «malicón»? Así fueron cayendo poco a poco y los rumores de que una maldición había descendido sobre Cojímar comenzaron a circular por el barrio. Pero los más enterados, los que no eran tan supersticiosos (gente como el capitán Correa y los sicarios que le quedaban) sabían, o creían saber, que lo de «la maldición de Cojímar» era puro cuento... Aquellos milicianos desaparecidos, comentaban los esbirros, habían ido a parar a Miami. Las terribles miserias que engendra el sistema comunista los empujaban a abandonar el país y eventualmente a darle la espalda a la misma tiranía que
soportaban. Pero ni Correa ni los otros hablaban de eso en público, yo lo supe por algunas confidencias que le hizo a mi madre en sus estadías en nuestro hogar.

Mi madre no era tonta, y seguro estoy de que pronto empezó a sospechar la verdad aunque nunca dijo nada. Pero yo a veces la sorprendía mirándome en silencio, estudiándome a fondo, y cuando me volvía a mirarla y le sonreía con aquella beatífica expresión que ya había moldeado en una especie de careta orgánica, ella también sonreía y «algo» se filtraba entre nosotros sin necesidad de hablarlo por lo claro. Aquel etéreo vínculo de silente complicidad nos unió aún más y nos dio fuerza. Mamá comprendió entonces que mantener a Correa contento era una parte fundamental del juego, porque le agenciaba un poder sobre aquel hombre (el más poderoso y temido de todo Cojímar) que no obtendríamos de otra forma. Y también comprendió que ese poder, de ser utilizado con astucia y sutileza, podría salvar mi vida y la suya en un momento dado. Por eso era de vital importancia para mi plan de venganza mantener a «Pirigua» vivo hasta el final; aunque lo suyo me costaba, no vayan a creer. Pero él era nuestro salvoconducto... él desviaría la atención de sus hombres, si alguno llegaba a recelar de mí. Por eso, cuando me sobrevenía un mal momento debido al precio que mi madre debía pagar para lograr nuestro propósito, pensaba en el capitán Correa como en ese puerco al que se ceba durante todo el año para sacrificarlo en Navidad.

Una tarde noté a mi madre distinta; estaba alterada. «Pirigua» había salido de Cojímar por no sé cuál motivo, y teníamos mayor espacio en la casa para «comunicarnos sin hablar». Yo me senté en un rincón de la sala, y la observaba pasearse de un lado a otro, estrujándose las manos en señal de desesperación, o tal vez de nerviosismo. No le pregunté qué le ocurría, se supone que un anormal no capte esas cosas, pero sí le sonreía igual que siempre mientras que con la mirada la invitaba a confiarme sus tormentos. Por fin se decidió a darme parte en el problema, pero mantuvo la forma que habíamos establecido sin necesidad de hablar por lo claro. Mamá se me acercó y me tomó de la mano.

—Ven conmigo, hijo. Acompáñame a dar un paseo, ¿sí? Como cuando eras más pequeño y tu padre te llevaba al puerto...

No fue necesario que dijera más. Su inquietud estaba relacionada directamente con nuestra tragedia y la venganza. Papá, el puerto, los paseos que siempre acababan en el monumento de la Calle Real, junto al cual mi padre me hacía detener para señalármelo con un dedo y musitar (con un intenso brillo en la mirada) la palabra «libertad».
Me dejé llevar...

Mamá notó los ásperos callos, que el continuo bregar con la pesada carretilla me había producido en las manos, y me acarició con gran ternura, como si con aquel gesto pretendiera darme a entender que le daba su callada aprobación a mis gestiones. La Calle Real estaba desierta, extrañamente desierta, era como si todo el mundo se estuviera escondiendo de un horrible monstruo que andaba suelto por el barrio, buscando a quien devorar.

Había miedo flotando en el ambiente. Los comunistas son maestros en impartir el miedo, porque sólo a través del terror logran sostener su esclavizante hegemonía sobre el ser humano. Por aquellos días, el régimen no cesaba de
proclamar una ficticia «invasión yanqui» que nunca se materializó, pero que mantenía a todos los ciudadanos con los nervios de punta y desenfocados de los verdaderos problemas que afectaban al país, problemas como la carestía de alimentos, la represión interna, la censura, la absoluta negación a los derechos humanos... para qué seguir, era mejor echarle la culpa al «Imperialismo yanqui». Y los yanquis venían pronto, señores (eso decían ellos)... Patria o muerte y todo eso.

Llegamos al Puerto de Cojímar sin que nadie nos molestara, ya los tiempos en que todos se reían de mí habían quedado atrás y yo me había convertido en un ser «invisible» que había dejado de ser novedad. Caminamos tomados de la mano sin parar en ningún punto fijo, hasta darle la vuelta al puerto y volver a la Calle Real. La tarde se hizo noche. Mi madre me guió hasta «El Torreón» y en ese instante supe que había llegado la hora de aguzar los sentidos, y poner mucha atención a cualquier cosa que ella dijera o hiciese, porque habíamos llegado al meollo del asunto.

—¿Recuerdas cuánto le llamaba la atención este monumento a tu padre? —preguntó sin esperar respuesta—. ¿Sabes por qué? En un barco parecido a éste, llegaron los primeros chinos a Cuba. Partieron de un puerto llamado Amoy, al sur de China, en la década de 1840. El barco se llamaba Oquendo, era un bergantín español. Los ingleses dominaban nuestra tierra y se habían dado a la tarea de socavar nuestra moral colectiva, inculcando el vicio del opio a la juventud china. Estos primeros exiliados que arribaron a Cuba entraron bajo onerosos contratos, como simples esclavos, al igual que los negros.

»Las horas de labor forzada eran abusivas. Todos fueron a parar a la agricultura o como domésticos, con un mísero salario de cinco pesos mensuales, dos juegos de chamarretas y pantalones, una frazada y dos pares de alpargatas de loneta y soga. La alimentación era a base de arroz, harina de maíz, tasajo, bacalao y algunos tubérculos.

»A quienes tocó ir a trabajar al campo, debían dormir en barracas donde se colgaban hamacas hechas de yute y soga... Parece mentira, hijo, pero estamos regresando a esos tiempos... En la época de nuestros peregrinos antepasados, el contrato de esclavitud duraba diez años, y al caducar, los amos les permitían regresar a su tierra natal a los que así lo deseaban, siempre y cuando tuvieran medios para costear el pasaje. Pero esos compatriotas nuestros no se fueron. Prefirieron quedarse en esta tierra cubana y convertirla en su patria. A veces me pregunto cómo es posible que después de casi dos siglos de trabajo y sacrificios hayan surgido estos neoesclavistas y nos despojen de todo.

»Los antepasados nuestros que emigraron de Amoy, Cantón, Shanghai y Manila fueron formando fuertes comunidades, muy bien organizadas, que siempre conservaron los atavismos y la religión de nuestro país de origen, sin dejar de profesar la obediencia y mantener el respeto por las leyes y la cultura cubana. También se dieron a la tarea de aprender y practicar con entusiasmo todo tipo de oficios y trabajos honrados, y con el avance del tiempo mejoraron notablemente su economía. A fines de la década de 1850 comenzaron a surgir los negocios de propietarios chinos en La Habana: restaurantes, trenes de lavado y planchado de ropas, tiendas de víveres, puestos de venta de frutas y viandas, heladerías y pequeñas parcelas para fomentar el cultivo de hortalizas en las márgenes de los ríos.

»Todo eso se logró con largas horas de sacrificio. Las jornadas de trabajo chinas no son como las de los occidentales. A esto se úne una férrea administración que siempre nos ha permitido ahorrar para el futuro. Otra cosa que nos ha caracterizado como pueblo —aquí mamá hizo una pausa para mirarme directo a los ojos— es nuestra condición de lealtad y de respetar lo ajeno. En las largas luchas por la emancipación cubana, los chinos nos sumamos con arrojo y valor a la gesta libertadora del Ejército Mambí. Refiriéndose a nuestra gente, el general Máximo Gómez dijo una vez: «No ha habido un solo chino traidor, ni desertor, en el ejército cubano». Y como reconocimiento al valor y la lealtad a nuestros chinos mambises se construyó un parque en la capital del país, en honor al soldado chino.

Al llegar a este punto, mamá hizo una pausa y me señaló brevemente el monumento.

—La lealtad, hijo, es algo muy importante. Por desgracia, el contingente de tu padre fue traicionado.

Ahí estaba la cosa. Por fin salía a flote. Le había costado decírmelo y se había tomado su tiempo en una larga analogía simbólica, pero ahora había llegado el momento de soltarlo. Bien, había un traidor entre los nuestros...

—En todos los conglomerados étnicos, aunque no es algo común en el nuestro, existen individuos avariciosos y sin escrúpulos, a los que la envidia por los logros y las riquezas ajenas los impulsa a cometer actos deleznables. Tu padre era un comerciante próspero y yo, parece ser, una mujer agraciada. No faltó quien, en nuestra colonia, lo envidiara por partida doble. ¿Entiendes?

Me miró y yo sonreí.

Entonces me pasó una mano por los hombros y comenzamos a caminar de regreso a nuestra casa. Lo hacíamos sin prisa, disfrutando de la noche, del paisaje, de la extraña y apagada soledad del barrio, de la luna. Mamá se mantuvo en silencio hasta pasar por frente a la casa de unos vecinos nuestros.

—¿No es ésa la casa del Sr. Lin?

Fue todo cuanto dijo, pero me bastó. Me lanzó una mirada astuta, yo contesté asintiendo con la cabeza y le volví a sonreír.
El capitán Correa regresó a Cojímar al día siguiente. Como casi se había mudado para nuestra casa (mamá se encargaba de mantenerlo cómodo), acabó por hacerla su confidente y contarle algunos de sus problemas. El viaje a La Habana era uno de ellos. Lo habían mandado a buscar para «halarle las orejas» por la desaparición de algunos de sus hombres. ¿Qué pasaba en Cojímar? ¿Cómo era posible que un tipo como el capitán Correa —héroe de la Revolución y todo eso— permitiera semejante relajo entre sus tropas. El pobre, estaba tan compungido por el regaño que me dio pena con él y decidí darle algo con que entretenerse... Además, quería comprobar ciertas sospechas que las vagas indicaciones de mi madre me habían metido en la cabeza. Papá se había dedicado al negocio de joyas. Al ser intervenido su establecimiento por los comunistas, logró esconder dos jabas repletas de alhajas y diamantes, para lleváserlas consigo en su salida del país. El señor Lin, como todos los demás complotados para escapar, conocía esos detalles y fue el único que el día de la partida amaneció indispuesto y no se presentó en el puerto a la hora convenida.

«Tu padre era un comerciante próspero —había dicho mi madre—, y yo, parece ser, una mujer agraciada. No faltó quien, en nuestra colonia, lo envidiara por partida doble...»

 Dos días más tarde encontraron la cabeza del Sr. Lin, sin lengua, al pie del monumento del «barco pirata». Todo Cojímar bajó al puerto para contemplar aquello. Yo acudí con mamá y mientras todos murmuraban y comentaban me dediqué a estudiar la expresión de mi madre, y el movimiento de los milicianos, con disimulado interés. Parado allí, observándolo todo, tuve el presentimiento de que el ciclo se estaba cerrando. Si quería completar la venganza de mi padre antes de que me descubrieran, debía «subir la candela». El capitán Correa pronto comenzaría a atar cabos...

Esa noche vino a casa pero no se emborrachó, aunque sí tuvo su acostumbrada juerga con mamá. Cuando ella pretendió dormirse, «Pirigua» se levantó, y creyéndome en mi habitación salió al patio de la casa, que era extenso y tenía grandes árboles de guayaba, mango y anón que mi padre había sembrado. Lo seguí en puntas de pie. La puerta que daba al patio quedaba en la cocina, para llegar a ella tuvimos que atravesar el traspatio (un tramo de la construcción que quedaba a la intemperie, como una especie de terraza abierta) y los rayos lunares cayeron sobre su ancha espalda y la enmarañada melena negra. Era, en realidad, un hombre fuerte; en otros tiempos tal vez me hubiera intimidado. Pero tantas horas de palear la tierra y cargar la carretilla llena de un lado para otro le habían dado a mis extremidades un endurecimiento tal que, cuando movía las manos, mi regia musculatura se hacía evidente bajo la piel. Nunca tuve dudas de poder dominarlo si se me enfrentaba, porque más que fuerza bruta, el rencor acumulado era tan arrollador que ni el capitán Correa, ni diez más como él habrían sido capaces de detenerme.

«Pririgua» cruzó el traspatio, pasó por el comedor y llegó a la cocina. La nuestra era una de esas viejas estructuras coloniales, mucho más larga que ancha, y desde mi posición pude ver cómo batallaba con la puerta del fondo, quitaba la tranca de seguridad y salía al patio. Al pasar por la cocina me detuve momentáneamente para apoderarme de un filoso cuchillo de carnicero. Con el arma lista atisbé por la ventana y vi al capitán Correa descender los escalones de piedra que desembocaban al patio, pasar junto a la letrina, dejar atrás el lavadero y caminar derechito hacia la mata de guayabas. Allí se arrodilló y comenzó a escarbar la tierra con las manos. Bien, mis sospechas eran ciertas: las joyas de papá habían regresado a la casa.

Llegué hasta él sin que me oyera, estaba respirando fuerte y ya había avanzado bastante en su excavación. Era un hombre de manos poderosas, y las manejaba ágilmente escarbando y sacando montones de tierra. Cuando lo creí apropiado, permití que se percatara de mi cercanía. Fue tan grande el susto que se pegó que emitió un fuerte respingo y de un salto se puso de pie.

—¿¿Quién diablos?? —rebufó.
—Chinito «comielda»... —dije con exagerado acento cantonés y le clavé el cuchillo en el abdomen.
—¡¡¡Aaaaggghhh!!!

Tomé el mango del arma blanca con ambas manos y rasgué hacia arriba con todas mis fuerzas. Casi lo levanté en vilo.

—Chinito «malicón»... —volví a decirle y lo ayudé a caer, mientras sentía como sus vísceras y su sangre me manchaban las manos.

Cuando expiró, lo corté en trozos y fui a buscar la pala y la carretilla. Del mismo hueco que «Pirigua» había comenzado a excavar con sus manos saqué más tierra que eché a la carretilla junto al amasijo sanguinolento en que se había convertido el asesino de mi padre, el gran capitán Correa, gran héroe de la Revolución, ladrón de joyas y mujeres ajenas, cochino comunista mal parido. Mezclé sus trozos con la tierra y las joyas y salí a la calle con la carretilla cargada por el portón trasero del patio.

Armado de una calma glacial, bajé por la Calle Real hasta llegar al pie del monumento. Si alguien me vio, no vino a detenerme, ya todos en Cojímar se habían acostumbrado a mis viajes noctámbulos y diurnos con la carretilla cargada de tierra y poco o ningún caso le hacían al hijo de los Wong, ese anormal amanerado que sólo sonreía estúpidamente cuando alguien lo ofendía o se mofaba de él.

Visité mi cementerio particular en las cercanías del puerto. Una a una, desenterré las cabezas de aquellos desaparecidos compañeros milicianos del capitán Correa. Los restos de «Pirigua», salvo su testa, fueron enterrados juntos con los demás, y con las siete cabezas reunidas arrumbé hacia el monumento de la Calle Real. Me sentía cansado, pero satisfecho.
¡Oh, qué dulce es la venganza!

Hice un despliegue similar al que hicieron ellos con los cadáveres de mi padre y sus compañeros de viaje ametrallados. Me senté en medio del círculo de cabezas medio podridas y allí esperé hasta que amaneció. Al levantar el alba me descubrieron. Alguien dio la voz de alarma y cuando comenzaron a llegar los primeros milicianos me incorporé, me puse el cuchillo en la garganta y ante el estupor de todos grité a pulmón para que me oyeran bien y ninguno pasara por alto lo que allí ocurría.

—¡Por mi padre, hijos de puta! ¡Por mi padre!

No permitieron que me suicidara, recibí tres disparos casi simultáneos. Uno en cada rodilla, otro en el pecho. Cayeron sobre mí como una jauría de lobos, pero me desmayé. Ahora yazgo en esta celda inmunda donde me han ido devorando las ratas; pero hasta eso prefiero. Ya no me queda mucho. Mamá no sobrevivió a mi encierro; se envenenó en cuanto supo la noticia de mi captura y dio por terminada nuestra venganza.

Esa es mi historia.

Oscar F. Ortíz, escritor de origen cubano, autor de diversos thrillers como “El Santo Culto”, “El Particular”, también del libro de relatos “Román el infalible” escrito en conjunto con Ignacio Cárdenas. Guionista de varias series televisiva de acción, entre ellas “The Cleaners” que está siendo llevada al cine.

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