Revista Sinalefa
SINALEFA
Revista Internacional de Arte y Literatura

Desde New York, E.U.A.
Director: Rafael Bordao
edarcas@yahoo.com

Néstor Pous

Una Taza de Café
Tercer premio, Concurso Internacional de cuentos,
Sociedad Gabriela Mistral de Miami, Mayo, 2006.

El sofocante calor del mediodía hacía mella en el carácter del hombre que, sentado a una pequeña mesa en el portal de la cafetería, degustaba sin placer alguno un jugo de naranjas que ya había perdido el frescor que traía al serle servido. Al otro lado de la calle, el muro de cemento del Malecón habanero, que ponía límite a las aguas del golfo, reverberaba por el intenso calor. El mar, tranquilo en extremo, sin un solo soplo de brisa que provocara alguna ondulación en su superficie, ofrecía como contraste un azul tan refrescante que hacía aún más insoportable el calor que se sentía de este lado, aún bajo la sombra del portal que resguardaba las mesas de los rayos del sol.

El hombre, ya entrado en años, músico de profesión, se enfrentaba a un dilema. Exitoso como cantante de orquestas populares en su juventud, sus estudios de música le propiciaron la formación de su propia orquesta después de muchos sacrificios, disfrutando de la popularidad y los éxitos que todo artista ansía lograr. Pero ahora, ya casi al final de su carrera, su musa lo había abandonado, sus músicos se le iban hacia otras agrupaciones, su estilo de hacer música ya no gustaba. Ahora solamente lograba componer canciones viejas. Nadie lo recordaba ya.

Deprimido al extremo, pagó su consumo y se levantó para marcharse. Ya en la calle pasó por delante de un pequeño local donde una alegre jovencita atendía un puesto de venta de café, cigarrillos, fósforos y alguno que otro refrigerio, lugar pintoresco donde los paseantes llegan, conversan, saludan a otros, hacen un chiste con algún conocido, piropean a la muchacha que se ríe sin hacer caso a nadie, toman algo y se van. El sabroso olor a café negro lo sacó de sus meditaciones y, sin pensarlo dos veces, se acercó al mostrador y pidió una tacita de café, que le fue servido con presteza por la bella joven. Pero cuando iba a pagar, alguien se le adelantó.

–El café del señor va por mí –dice una voz, al tiempo que entrega un billete a la muchacha. 
Asombrado, el artista se da vuelta y encuentra a su lado un hombre de unos cincuenta y tantos años, que le dice:
–Espero que usted no tome a mal esta invitación.
–¿Nosotros nos conocemos? –le pregunta el artista.
–Usted a mí, no, pero yo sí lo conozco a usted.

Entonces este hombre comienza a hablarle al artista de sus canciones, de las orquestas con las que ha cantado, de las veces que ha bailado con su música, bien en vivo en lugares públicos, bien en discos en alguna casa particular. Comienzan a intercambiarse anécdotas, historias, cuentos. Poco a poco la conversación se hace más fluida. El artista, que al principio se encontraba un tanto receloso, pues era la primera vez que le sucedía algo por el estilo, comenzó a abrirse un poco más, a interesarse más por este admirador suyo, un cubano común y corriente pero que conocía muy bien su trayectoria y sus canciones.

–A mí me halaga mucho que usted me conozca tanto, y a mis canciones, pero mi amigo, ya hoy no soy nadie, ya mi música no se oye. Ahora soy solamente otro cantante de orquesta, y nada más.
–Sí, puede ser que sea así ahora, pero, ¿y antes? Usted no se imagina la cantidad de veces que yo y mi novia, que después fue mi esposa, bailamos y nos enamoramos con sus canciones, y pasamos juntos tantos ratos inolvidables con su música. Por eso, lo menos que yo puedo hacer, ahora que la casualidad me puso aquí a su lado, es aprovechar esta ocasión para agradecerle todos esos ratos agradables. Quizás usted lo considere una tontería, pero pagándole esta simple tacita de café que usted se ha tomado, le estoy agradeciendo toda la dicha que usted y sus canciones e brindaron en aquellos inmensos momentos de felicidad. Pero ahora ya debo irme, y usted probablemente también tenga sus asuntos que atender, y no quiero demorarlo más. De nuevo, muchas gracias por haberme permitido pagarle el café, que es lo menos que he podido hacer.
–El gusto ha sido mío, señor. Conocer una persona como usted me ha llenado de alegría. Saber que las canciones que he cantado han servido para hacer feliz a alguien, es un premio muy grande para mí. Ese café ha sido para mí un homenaje muy grande. Usted no lo sabe bien. Se lo agradezco mucho.
–Por el contrario, el que está agradecido a usted soy yo. Le deseo muchos más éxitos.
–Gracias, y mucha suerte también para usted. Adiós.
–Adiós.
Después de un apretón de manos, el hombre da media vuelta y comienza a alejarse. No había caminado diez pasos, cuando el artista lo llama:
–¡Oiga! ¡Salúdeme a su esposa de mi parte!

El hombre se detiene, y girando hasta casi quedar frente al artista, le responde:

–Ojalá pudiera. Ahora ya es un poco tarde. Pero no se preocupe, algún día me volveré a reunir con ella, y entonces le daré su saludo. Gracias.

Con un ademán de la mano a manera de despedida, el hombre retomó su camino.

Parado en la acera, mientras lo veía alejarse, el artista respiró profundamente.

–Gracias, amigo –se dijo en voz baja –, muchas gracias a usted. 

Dando media vuelta, el artista se alejó en sentido contrario, decidido a recuperar su futuro.      

Marzo, 2006.

Néstor Pous. Escritor cubano. Autor de cuentos y poemas. Ha merecido premios y menciones en diferentes concursos literarios.  Reside en Miami

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