Néstor Pous Una Taza de Café El sofocante calor del mediodía hacía mella en el carácter del hombre que, sentado a una pequeña mesa en el portal de la cafetería, degustaba sin placer alguno un jugo de naranjas que ya había perdido el frescor que traía al serle servido. Al otro lado de la calle, el muro de cemento del Malecón habanero, que ponía límite a las aguas del golfo, reverberaba por el intenso calor. El mar, tranquilo en extremo, sin un solo soplo de brisa que provocara alguna ondulación en su superficie, ofrecía como contraste un azul tan refrescante que hacía aún más insoportable el calor que se sentía de este lado, aún bajo la sombra del portal que resguardaba las mesas de los rayos del sol. El hombre, ya entrado en años, músico de profesión, se enfrentaba a un dilema. Exitoso como cantante de orquestas populares en su juventud, sus estudios de música le propiciaron la formación de su propia orquesta después de muchos sacrificios, disfrutando de la popularidad y los éxitos que todo artista ansía lograr. Pero ahora, ya casi al final de su carrera, su musa lo había abandonado, sus músicos se le iban hacia otras agrupaciones, su estilo de hacer música ya no gustaba. Ahora solamente lograba componer canciones viejas. Nadie lo recordaba ya. Deprimido al extremo, pagó su consumo y se levantó para marcharse. Ya en la calle pasó por delante de un pequeño local donde una alegre jovencita atendía un puesto de venta de café, cigarrillos, fósforos y alguno que otro refrigerio, lugar pintoresco donde los paseantes llegan, conversan, saludan a otros, hacen un chiste con algún conocido, piropean a la muchacha que se ríe sin hacer caso a nadie, toman algo y se van. El sabroso olor a café negro lo sacó de sus meditaciones y, sin pensarlo dos veces, se acercó al mostrador y pidió una tacita de café, que le fue servido con presteza por la bella joven. Pero cuando iba a pagar, alguien se le adelantó. –El café del señor va por mí –dice una voz, al tiempo que entrega un billete a la muchacha. Entonces este hombre comienza a hablarle al artista de sus canciones, de las orquestas con las que ha cantado, de las veces que ha bailado con su música, bien en vivo en lugares públicos, bien en discos en alguna casa particular. Comienzan a intercambiarse anécdotas, historias, cuentos. Poco a poco la conversación se hace más fluida. El artista, que al principio se encontraba un tanto receloso, pues era la primera vez que le sucedía algo por el estilo, comenzó a abrirse un poco más, a interesarse más por este admirador suyo, un cubano común y corriente pero que conocía muy bien su trayectoria y sus canciones. El hombre se detiene, y girando hasta casi quedar frente al artista, le responde: –Ojalá pudiera. Ahora ya es un poco tarde. Pero no se preocupe, algún día me volveré a reunir con ella, y entonces le daré su saludo. Gracias. Con un ademán de la mano a manera de despedida, el hombre retomó su camino. Parado en la acera, mientras lo veía alejarse, el artista respiró profundamente. –Gracias, amigo –se dijo en voz baja –, muchas gracias a usted. Dando media vuelta, el artista se alejó en sentido contrario, decidido a recuperar su futuro. Marzo, 2006. Néstor Pous. Escritor cubano. Autor de cuentos y poemas. Ha merecido premios y menciones en diferentes concursos literarios. Reside en Miami
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