Revista Sinalefa
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Revista Internacional de Arte y Literatura

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¿Qué le espera a la literatura cubana después de Castro?
Letras cubanas: de la división al conflicto futuro

Por Luis Benítez

Publicado en portugués en Revista Continente - Año VIII - Nro. 96 - Diciembre de 2008
Recife, Estado de Pernambuco, Brasil

Luis Benítez
Luis Benitez

"Alguien debe ir por dentro / para que no se rompa la esperanza"
Rafael Bordao

Después de que le ha dado a las letras castellanas nombres como los de José María Heredia, Cirilo Villaverde, Luis Pérez de Zambrana, Juana Borrero, José Martí, Julián del Casal, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reynaldo Arenas, Eliseo Diego, y Roberto Fernández Retamar, entre muchos otros, es ocasión de preguntarse por el presente y el futuro inmediato de las letras cubanas, tomando en cuenta que importantes cambios se están produciendo, dentro y fuera de la isla.

La presencia de las letras cubanas en la literatura escrita en español es innegable, del mismo modo que su influencia en el conjunto. Seleccionar algunos nombres representativos -como lo hicimos en el párrafo anterior- es tarea muy ardua, no por lo complicado de incluir autores con esa buscada característica, sino por la complicación de omitir otros. En efecto, el aporte cubano ha sido tan importante, que una lista breve de obras y autores ha sido siempre incompleta. Una antología de poesía, narrativa y novela que abarcara los últimos 200 años de la literatura hispanoamericana no podría hacerse sin incluir lo escrito en Cuba... y fuera de Cuba también, por los autores nacidos en la isla.

Es que una de las singularidades de esta compleja nación, de 11 millones de habitantes según el censo realizado en 2002, es que 3 millones de cubanos viven fuera de su país natal; esto es, casi un 25% de los que conviven actualmente con el régimen de Fidel Castro. El primer día de 1959 todo cambió para Cuba, y desde luego, para el resto del mundo, en forma directa o indirecta, también. Ello incluye, naturalmente, a la literatura castellana. De hecho, a casi medio siglo de la revolución que derrocó a Fulgencio Batista, Cuba es el único país que puede aseverar que se rige por un sistema "comunista" -lo más cercano hoy, al menos, al modelo ortodoxo- que estableció un cambio de peso innegable no sólo en el sistema de producción, las relaciones políticas, económicas, sociales e interpersonales de los cubanos, sino también en su manera de expresar el arte y las letras. Ello provocó, como consecuencia prácticamente inmediata, la división en dos de las letras cubanas. Por una parte, la literatura escrita en la isla, cuyos autores convivieron y conviven con los cambios, las transformaciones, los retrocesos y el poder aún vigente del régimen, que en ningún momento estableció la libertad de expresión como una norma vigente para los intelectuales y artistas locales -algo innegable incluso para sus más férreos defensores- sino que censuró y censura, sino que reprimió y reprime, mientras que en su faceta más positiva alentó la alfabetización y facilitó los estudios superiores, a punto tal que a escala latinoamericana, la isla exhibió  uno de los promedios más altos en ambos segmentos educacionales, al final del siglo XX.

Por el otro, encontramos una  literatura escrita por los cubanos desde el exilio, algunos de cuyos logros no son menos meritorios que los de sus ilustres antecesores. Es un cuadro complicado, donde mantener la necesaria equidistancia y buscar establecer juicios objetivos se dificulta más y más a medida que avanzamos.

Érase una vez en Cuba...

El triunfo de la revolución cubana fue saludado fervorosamente por intelectuales de todas las latitudes, desde Jean-Paul Sartre hasta Pablo Neruda, desde Julio Cortázar hasta el primer Mario Vargas Llosa, desde Gabriel García Márquez hasta Ernesto Cardenal, pasando por una innumerable lista de adherentes -célebres y menos conocidos- que interpretaron el fenómeno como una esperanza de cambio hacia un mundo mejor. El establecimiento de un bloqueo a la isla -juzgado como injusto por buen número de las personas capaces de defender con argumentación plausible sus opiniones- motivó una ola de protestas que aún sigue vigente, del mismo modo que el bloqueo, que es de índole económica, política y también cultural. Sin embargo, existe otro bloqueo, endógeno, que proviene de la misma Cuba: su gobierno ha restringido el contacto de los habitantes con el mundo contemporáneo, privándolos inclusive del uso de las nuevas tecnologías comunicacionales: tal el caso de las marcadas restricciones al empleo de Internet por parte de la población isleña, un instrumento hoy imprescindible para la mayoría de las facetas de la actividad humana, entre ellas, la cultural. A ello, se ha sumado el racionamiento de los recursos -propio de una situación de bloqueo- que se ha exacerbado por épocas, particularmente desde que el gran aliado de Cuba, la URSS, ha dejado de existir. Esta economía de guerra permanente implica también una restricción de los recursos necesarios para la impresión y distribución de textos literarios, por otra parte, supeditada a la aprobación del régimen. En manos del Estado, la industria editorial cubana no puede lanzar títulos sin el "imprimatur" oficial, lo que ha hecho que autores de la talla de Reinaldo Arenas -por ejemplo- alcanzaran a publicar apenas un libro: "Celestino antes del alba", en territorio cubano.

Pero esto no ha sido lo más grave, sino que estas restricciones se han visto acompañadas de persecuciones y encarcelamiento en condiciones gravísimas de intelectuales, artistas, periodistas y demás disidentes, alcanzando notorios picos de represión desde los 70, cuando estalló el llamado "caso Heberto Padilla": un poeta reconocido que tras realizar críticas al régimen y ser encarcelado, es obligado a retractarse, suscribiendo un mea culpa que nadie se creyó. La Unión de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC), adicta al régimen, ha puesto naturalmente el grito en el cielo cada vez que un escándalo de tal calibre trascendió los confines de la isla, mas ni las desmentidas oficiales ni los esfuerzos de los voceros alcanzaron a cubrir la evidencia.

Singularmente en las décadas de los 70 y los 80, numerosos autores disidentes fueron a dar con sus huesos a la cárcel, silenciados por el régimen cubano. A punto tal, que su generación fue conocida como "la generación del silencio": desencantada de la revolución, no tenía la alternativa de hacer su crítica y muchos de ellos tuvieron que escapar de la isla como pudieron. Jesús Barquet, Roberto Madrigal, Rafael Bordao, Carlos Victoria, Ismael Lorenzo, Reinaldo García Ramos, son sólo algunos nombres de lo que Reinaldo Arenas ha definido como una "generación de jóvenes que no tuvo oportunidad de expresarse, que empezó a crear cuando la creación en sí ya era un acto subversivo".
En 1980, desde el puerto de Mariel, Cuba, más de 125 mil cubanos abandonaron su país, una nueva oleada de exiliados rumbo al continente. Muchos de ellos eran escritores, artistas, periodistas, profesionales. Se integrarían a los compatriotas que ya estaban en el exilio, fortaleciendo una literatura que hoy ya tiene sus nombres bien destacados.

Las voces del exilio y el conflicto que viene

Además de los ya citados Jesús Barquet, Roberto Madrigal, Rafael Bordao, Carlos Victoria, Ismael Lorenzo y Reinaldo García Ramos, otras voces cubanas han madurado una obra importante en poesía, narrativa, teatro, periodismo o ensayo, desde los años de la partida hasta la actualidad. La cita, como la que abre esta breve nota, es forzosamente incompleta, pero debemos mencionar a Zoé Valdés, Evelio Taillacq, Héctor Santiago, Ismael Sambra, Andrés Rivero, Ezequiel Pérez, Luis de la Paz, William Navarrete, Rafael López Ramos, Maya Islas, Julio Hernández Miyares, Alina Galiano, Ángel Cuadra, Amelia del Castillo, Raúl de Cárdenas, Lourdes Arencibia, Nedda G. de Anhalt, Armando Álvarez Bravo, José Abreu Felippe, Rita Martin, José Nelson Castillo González, Abilio Estévez, Daína Chaviano, entre muchos otros.

Es factible imaginar que con la desaparición física de Fidel Castro, se producirá un nuevo cambio en Cuba y también en sus dos literaturas, la local y la del exilio. Es que con toda probabilidad, si el cambio a un  tipo de régimen democrático se produce, veremos a dos corrientes cruzarse y entrar en conflicto. Por una parte, intelectuales y artistas cubanos que no podían dejar el país lo harán, en busca de nuevas posibilidades y nuevos horizontes; por el otro, quienes no podían volver volverán. En este último caso, se producirá un conflicto con aquellos que permanecieron en Cuba bajo Castro, que ocupan posiciones en los diferentes estamentos de la cultura, que tienen un espacio cultural en la isla y concepciones ya formadas respecto de las necesidades y las posibilidades de esa cultura. Los que retornen, traerán las propias convicciones, diferentes y, desde luego, tan necesarias como las locales. Sobre la instancia que se abra a partir de entonces para la literatura cubana -unificada nuevamente, pero con nuevos conflictos en su interior-  puede arriesgarse un diagnóstico positivo si se parte de la premisa de que el cruce de culturas siempre resultó beneficioso, pero estaremos entonces ante un modelo inédito: una literatura que se dividió para volver a unirse, pero no a unificarse. Seguramente, esa futura literatura cubana no va a ser unívoca, sino una auténtica polifonía.

Luis Benítez (Buenos Aires, 1956). Poeta, escritor y editor argentino. Autor de numerosos poemarios: Poemas de la tierra y la memoria;  Mitologías / Balada de la mujer perdida; El pasado y las vísperas; y Fractal; entre otros. Ha publicado varios libros de ensayos y novelas. Fue director por muchos años de la revista Correo Latino. Ha merecido importantes premios literarios, algunos de los cuales son: Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poétes (París, 1991), entre otros. Reside en Buenos Aires, Argentina.    

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