Rafael Bordao en McNally Jackson Bookstore: Viernes, marzo 13, 7:00pm Escurriduras de la soledad/ Last Drops of Loneliness, del poeta y escritor cubano Rafael Bordao. La presentación del libro estuvo a cargo de Gerardo Piña-Rosales (Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española) y lectura de los poemas en inglés a cargo del poeta, traductor y profesor, Louis Bourne.
El horizonte renovador en un libro de Rafael Bordao Escurriduras de la soledad (Scott Depot, WV: Obsidiana Press, 2008) del poeta cubano-americano, Rafael Bordao, representa las gotas rememoradas de la vida truncada por el régimen de Fidel Castro. El éxodo de cubanos inconformes con la existencia uniformemente obediente a los dictámenes de una cúpula del poder comenzó en el patio de la embajada peruana en La Habana y terminó en las costas de Florida desde abril hasta octubre del año 1980. Unos 125.000 refugiados llegaron a Florida; 27 se ahogaron en el Mar Caribe. 2.746 fueron considerados criminales (“Mariel boatlift,” Wikipedia). Bordao, fue uno de esos pasajeros hacia otro futuro, dejó atrás una esposa y una hija. Quince años más tarde, en 1995, sale este poemario que registra la obsesión del poeta con la muralla de agua que siempre manifiesta en su memoria una frontera metafísica de una decisión irrevocable para estar en otra parte donde se pudiera nutrirse un brote de libertades. Un libro en cuatro partes, “Oleaje,” “Marejada,” “Mar de Fondo” y “Escurriduras de la Soledad” nos deja empapados del líquido elemento como una prueba de superación. “Oleaje” consiste de diez olas enumeradas en las que el narrador se desdobla en una voz que espolea al mar a caer y golpear al viajero, así para comprobar su capacidad de resistencia, el aguante del hombre icónico que lleva sus botes a lo ignoto. Es en la sección, “Marejada,” sin embargo, que el mar llega a humanizarse, a tomar su identidad personal en diez olas de colores. ¿Cómo puede la “Ola rosada,” por ejemplo tener un “amor voluntarioso,” un “linaje,” y hasta dejar “adioses” (29) en la arena si no es porque asume la características de los seres humanos que vuelven y comprueban su proteica forma?. Y la “Ola gris” guarda bajo su piel voluble “unos amantes ensimismados” (31) que perpetuamente renuevan sus abrazos disueltos. La “Ola amarilla,” siendo sustancia de agua, puede asumir la figura de una mujer rubia con su moño de cabellera para insinuar paradójicamente sus “deseos de agua” (32). Hay una ola que arroja su lujuria (33), otro que posee linfa y cuerpo (34) y una negra que, volteante, que conserva para siempre su “corazón nervioso” (36). En “Mar de fondo,” se halla que las olas de las dos primeras secciones ya se transforman en onces resacas con la clara intención de no llevarle al viajero a la extinción sino concederle una suspensión de castigo, aunque sea en el “lugar más triste de la orilla” (40) o alzado en “su fatalidad hacia el cielo” (42). Estas resacas nos presentan con la madre universal, el arquetipo de una fuerza de la naturaleza interpretada como lugar de origen. Pero el viajero, el hombre incierto y desamparado, tiene que volver del mar, dejar su cuerpo femenino, así el narrador, en la resaca seis, exige que el mar lo expectore como aflicción de vagina (44). Al final, reconociendo lo enajenante del piélago, el narrador, casi en son de plegaria, reconoce los límites de su materia: “Oh Dios/ no quiere ser aditamento del mar” (47). La cuarta sección que da título al libro, “Escurriduras de la soledad,” nos ofrece el amigo alter ego del poeta, Sobel, que reconoce que su odisea de huída de un sistema político se resuelve como un riesgo de aventura vital en la que el abandono de su pasado es algo que tiene que llevar a cuestas como un “abandono” que paradójicamente le “cobija” (53). Su reto resulta ser recuperar su canto y rezar sus “salmos” (55) entre un mundo de escombros. Nos tropezamos con un mensaje de máximo valor, sacar provecho en solitario de circunstancias adversas para tantear el camino hacia un puerto invicto. Aquí tenemos el cubano que sobrevive la soledad de su elección de rehacer su senda espiritual. Por eso, el yo lírico en el poema final del libro, pide a Sobel: “pon tu corazón insular/ sobre el mar copulativo” (59), que ponga el meollo emotivo de su isla interior sobre lo que puede unirle a otra tierra y a una nueva historia, para que su lancha, la ruta hacia el futuro, pueda encontrar un pulso fresco de lo que el poeta denomina “un dios de circunstancias” (59). Louis Bourne (USA). Poeta, traductor y profesor norteamericano. Enseña en Georgia College & State University.
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