Juan Cueto Roig
Cinco Formas de Morir Muerte Idílica Murió en medio de un orgasmo, a la luz de la luna, en un jardín florido. Inspirado al parecer por una definición de la música de Bellini que había escuchado horas antes, en una clase de apreciación operística. Sin embargo, el médico forense certificó que había muerto en la cama. Nunca se supo la verdadera causa de su muerte. Y mucho menos el idílico entorno en que ocurrió. Los ardides del tiempo Su error fue el afán de disfrutar a plenitud los días que la enfermedad demoraría en matarlo. Siempre había soñado con visitar Guatemala, especialmente una ciudad de la cual había oído hablar maravillas. Y allá fue, poco después de su última estadía en el hospital. Mauricio Fábregas murió minutos antes de llegar al lugar de sus sueños. Su cuerpo fue lanzado al vacío cuando el autobús en que viajaba chocó con un árbol. Allí en un barranco se desangró tiñendo de rojo la roca que le había quebrado el cráneo. Desde el cesto Había caído boca arriba. El impacto le produjo un terrible dolor en la región occipital. Por unos segundos pudo ver un círculo azul que daba vueltas a su alrededor. Poco a poco los bordes del cesto se fueron cerrando como la lente de una cámara fotográfica. Fue sólo en ese momento que se percató de otro dolor. Incipiente. Fugaz. El insoportable ardor del cuello cercenado por la guillotina. En lo oscuro Despertó A la hora acostumbrada. Lo pudo comprobar en la esfera luminosa del reloj pulsera. Sin embargo, estaba muy oscuro. Desde hacía varios meses el anciano dormía en el mismo rincón de un edificio abandonado, una especie de clóset que antes ocupara un aparato de aire acondicionado. Solía despertar en la semiclaridad que entraba por las rendijas de las tablas que tapiaban el salón donde se encontraba su refugio nocturno. Pero esa mañana, en medio de una oscuridad y un calor inusitados, vio sólo un haz de luz en lo alto del estrecho recinto. Cuando iba a asomarme por donde entraba el resplandor, un ladrillo se encajó en la abertura y el haz se redujo a un contorno luminoso, imperceptible casi, el cual empezó a desaparecer a medida que desde afuera iban sellando los resquicios. Entonces volvió a acostarse. Y estuvo así un tiempo viendo la oscuridad, una oscuridad absoluta como no había visto nunca antes. Después ya no la vio más, nunca más. En la noche Había estado caminando toda la noche. Más de diez horas de errabundo deambular sin haber podido saciar su hambre. Muy pronto iba a amanecer y tendría que ocultarse. De repente, una luz imprevista la paralizó. Pensó que había sido descubierta, pero el que se acercaba pasó junto a ella sin notarla. Si no la había visto, lo mejor sería no ponerse en evidencia tratando de esconderse. En efecto, el hombre parecía no haberse percatado de su presencia pues al volver sobre sus pasos tampoco le prestó la menor atención. Y aunque se dio cuenta de que esta vez pasaría mucho más cerca, era ya demasiado tarde para escapar. Ahora no tenía otra alternativa que mantenerse inmóvil. La luz se fue haciendo más tenue hasta que una enorme sombra la cubrió por completo. Fue tan rápido, tan brutal, que no sintió ningún dolor. Sólo en el último momento y por un breve instante su rudimentario aparato auditivo percibió el horrible crujir de su cuerpo. El hombre ni se enteró de que la había aplastado. Juan Cueto-Roig (Caibarién, Cuba). Poeta, escritor y exiliado cubano. Autor de: En la tarde, tarde (poesía, 2000); Palabras en fila, en clase y en recreo (poesía, 2002); Ex-Cueto (relatos, 2004); Hallarás lobregueces (relatos); Vericuetos (crónicas, 2007); Veintiún Cuentos Concisos (2009), entre otros. Reside en Miami.
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