Revista Sinalefa
SINALEFA
Revista Internacional de Arte y Literatura

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Reflexiones
Caesar Tropical

Por Emilio Mozo

 

Emilio M. Mozo (Camagüey, Cuba). Poeta, escritor y profesor cubano. Autor de los libros: Desde el ojo de la hormiga, Marginalmenle literario, Una autobiografía espiritual, En el ala del mosquito, entre otros. Middlebury College Library, septiembre 2008. Reside en Vermont, USA.

And  do   you   now  strew   flowers
in   his   way  That  comes   in   triumph  over
Pompeys blood?
Caesar

La abrumadora muchedumbre atesta las calles de la capital, esperan vislumbrar mi sombra, verme, tocarme como santo de otros tiempos. He derrocado al tirano. Soy su única esperanza, pero no todos comparten mi victoria. Unos pocos se atreven a escribir contra mí en periódicos clandestinos. El pueblo espera, los combatientes revolucionarios esperan. También espera en las sombras el enemigo cuyo destino todavía no está en nuestras manos.

El pueblo está alegre. Las bandas militares anuncian mi llegada a la capital "adelante ciudadano adelante" Anuncian la llegada del "máximo líder" y yo me pregunto a quién se le habrá ocurrido inventar tal cosa. "Decir la verdad es el deber de todo revolucionario". Me parece que habrá que alentarlos contra este exceso de optimismo.

Desde la altura del tanque Sherman observo a mi hermano, sus tres pelos de revolucionarios aferrados a la mandíbula. Observo a la que es ahora su mujer, sus pantalones de hombre, la metralleta recostada contra su seno. La deseo, veterana de dos años y un mes de lucha en la montaña más áspera del país. El pueblo emocionado grita. ¿Qué esperan de nosotros? ¿Qué quieren? Interrupción. Alguien dice Ledif, Ledif. El eco de mi propio nombre retumba dentro de mí. Me estremezco. Levanto el brazo. Ordeno parar la caravana de tanques y soldados barbudos. Consciente, algo teatral pongo la mano sobre el hombro del muchacho que conduce el tanque. Le digo, compañero detenga el vehículo. El me obedece maquinalmente, sin titubear. Me pongo de pie, señalo con el dedo al que grita mi nombre. Un negro viejo y desdentado. Lo reconozco. Es el babalao que se incorporó a la tropa al principio de la revolución para después desertar. Pregunta. ¿Es que alguien por no poder llegar a ser ministro intentará ensangrentar o perturbar la paz del país? Yo, le respondo que hace bien en preguntar porque "así no surge la demagogia y el confusionismo y el divisionismo. Doy la orden de continuar. Ya acabaré yo con todas estas supersticiones de negros. Ellos, parados al borde de las aceras derraman ron a su orula contoneando las caderas, coreando rítmicamente mi nombre "Ledif, Ledif tú nos haces tan feliz".

Entramos triunfantes en la capital. No obstante, mis preocupaciones son válidas. Dos comandantes se reúnen sin autorización. Solos, beben en la Zorra y el Cuervo. La conversación gira medio en broma si ya me han coronado emperador. Comentan la lealtad y respeto que sienten por mi. Resienten como el pueblo ha monopolizado mi nombre, Ledif. El opina que el suyo es más suave y cadencioso. Dice entre eructos que el número de sílabas en su nombre pesan tanto como las mías. Esas fueron textualmente sus palabras según el informe que recibí. Esa apertura de espíritu entre ellos es lo que comienza a carcomer nuestra amistad. Son los primeros en asomar "las orejas de la ambición". Después. El parte que me envía inteligencia corrobora todo lo intuido. Comienzan las represalias, termina la luna de miel. Lo nombro jefe de la sección del Norte a él. Al otro la del Sur. Ya en Palacio, destruyo documentos y rehago otros. Son muchos los que pueden llegar a Ministros por su honradez o por su capacidad pero no todos pueden serlo, carajo, no hay lugar para tantos.

El pueblo se alarma cuando llega el segundo ciclón tropical del periodo revolucionario. Los impresionantes relámpagos y el viento avasallador inquietan a este pueblo acostumbrado a la superstición. Imaginan que algún evento catastrófico está por ocurrir o peor existen los cínicos que auguran que no va a ocurrir nada que los saque de una miseria, que ya es costumbre de este pueblo hambriento y miserable. Crecen las amenazas. Yo les respondo que "los fusiles no tienen que arrodillarse ante la opinión pública". Continúo paseándome por la prensa y la televisión. Les digo que no temo a nada, a nadie, ni a mi misma sombra carajo. Me declaro por decreto Jefe Máximo. Las potencias extranjeras me reconocen, menos los cabrones imperialistas, "hacen declaraciones insultantes contra nuestros patriotas revolucionarios que encierran en su contenido una amenaza abierta contra la integridad de nuestro territorio y la soberanía de nuestro pueblo".

La corbata explosiva la llevan siempre envuelta en papel de regalo.

-¿Por qué no lleva corbata Comandante? UD ya sabe como es la gente de la Embajada. Siempre seremos un país de guajiros a menos que nos pongamos el trapo ese-.

No logran engañarme. Declaro la corbata como símbolo de decadencia y corrupción. Insomnio. Las noticias que recibo no son de mi agrado. Choques entre marinos norteamericanos y los nuestros. Emboscadas. Escenificación de batallas por parte de ellos. Noches en vela.

Despierto a la enfermera que sirve también de escolta. Una joven menuda, rubia. Le ordeno que prepare un café. Mientras lo hace le pregunto si cree que llegaré a viejo. Insolente me ignora, no responde. Me entrega una nota. Sale de la habitación sin darme el obligatorio saludo militar. Perplejo la desdoblo.

"No duermas. Despierto llegarás a viejo. Habla sin hablar. Ataca sin reparar".

Murmuro, habla, ataca, repara. Fuertes golpes en la puerta. Adelante, digo. Sospecho que son los que preparan mi muerte, se los noto en los ojos enrojecidos por el miedo aunque aparentemente es para cambiar las sábanas mojadas. La nueva enfermera de turno duerme a mi lado. La observo desde mi cuerpo envejecido, la acaricio. Disfruta la miel de los que sueñan susurro, apago la luz.

Me sorprende mi mujer hablando conmigo mismo. Sospecha mis inquietudes. Me observa con cierto interés.

-Sé que soy sólo una mujer pero intuyo y soy constante. ¿Quién te roba el sueño-?

Fuertes golpes en la puerta blindada. Los oficiales de servicio conspiran contra mí. Ella, de acuerdo. Insiste en que no salga de Palacio. Anoche soñé que todos quieren ser ministros. Corría la sangre. Respondo que los cobardes mueren muchas muertes, los valientes sólo mueren una. La muerte es inevitable digo sin convicción. Ordeno que me traigan un ñañigo para que "me haga una limpieza". Me aconseja no salir. Insisto, sólo a una reunión del Concejo de Ministros. Responde que es preferible que entre por la puerta grande del centro. Insiste en que anuncie al llegar que me siento indispuesto. "Salga por la misma puerta, mi Comandante, o las consecuencias pueden resultar serias". Entro. Saludo a los concejales y diputados que se apresuran a estrechar mi mano. "Sí, un lechen que me sentó mal. No, elecciones no "porque en la memoria del pueblo se asocia a la politiquería, injusticias, promesas demagógicas siempre incumplidas, fraude, corrupción, envilecimiento... Un ciudadano se acerca con una petición bajo la axila, las manos en alto como dicta la ley del 59. Leo, "recuerda que todos somos uno y deseamos tu muerte, patria o libertad."

De regreso a Palacio observo pequeños grupos. Hombres y mujeres parados por las esquinas enarbolan la bandera del odio y el resentimiento, creando así el divisionismo entre el partido y el pueblo. Desocupados dibujan grandes T en mayúsculas en las paredes desconchadas de los edificios abandonados. Otros distribuyen pasquines a los indefensos transeúntes. Descaradamente me pasan un pasquín cuando abro la ventanilla del carro blindado que me transporta. Papel en blanco.

Frustrado salgo de nuevo de Palacio sin escuchar los consejos del babalao, dice que estoy 'salao'. Salgo sin escuchar las amonestaciones de mi mujer que dice que estoy 'amarrao'. Me presento sin ser anunciado a una reunión plenaria del partido. La falta de ausentismo me sorprende. Ninguna butaca vacía. Según el protocolo, se acercan uno a uno los Ministros, la mano derecha colocada sobre el corazón. Incrédulo noto a un desconocido, bajo de estatura. Se acerca con la mano también colocada sobre el corazón, pero es evidente la diminuta pistola escondida en la palma de su mano. Dispara pero sólo me roza la oreja izquierda. Me aferró a su pequeño brazo. La escolta responde indiscriminadamente. Casi resulto víctima de tanto fervor. Observo el cuerpo acribillado, lo único intacto es la boca. Confusión. Un miembro del partido agitando los brazos grita, 'libertad, se murió el tirano'.

El pueblo me cree muerto. Sorprendidos aparezco ante ellos en la televisión. Otra resurrección. Otra mesa redonda que conquistar. De fondo la antigua catedral, una luz rosada enfoca la blanca barba y la pistola de reglamento. Digo,"soy aquel ciudadano humilde" Aplausos. Escuchad. Más aplausos. Silencio. Con la mano en el corazón os digo, os suplico juzgad con entereza a este pobre soldado que os ama. Me han asesinado y vuelvo a vosotros para anunciar la creación de las nuevas tiendas del pueblo donde se venderán los productos al precio de costo sin la explotación de los intermediarios. Debemos salvar nuestro sistema político porque de extinguirse desaparecerían las conquistas sociales creadas por la revolución.

La voz de la multitud responde, -cabrón, mentiroso. Incendios. Bombas. La escolta me obliga a entrar en el coche blindado. Me amonestan, -ya se lo advertimos Comandante. Las masas armadas de palos y cachiporras desatan su furia por las calles de la capital.

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