Revista Sinalefa
SINALEFA
Revista Internacional de Arte y Literatura
Desde New York, E.U.A.
Director: Rafael Bordao


Poemas de Alina Galliano

Alina Galliano

Del libro inédito
Los días que ahora tengo

III

De vez en cuando mi figura se mira largamente,
como queriendo reconocerme
y en el único espejo donde la casa guarda los reflejos,
a veces aparezco,
allí el azogue me observa quietamente con mirada que tuve quizá a los siete años
ligeras simetrías con mi padre o abuela pasean por mi rostro
y me dejan saber que las ausencias también se hacen presente,
que mi línea de tiempo con ellos no termina.
Mi madre sigue viva, ella también se observa desde otro espejo que jamás he visto,
dice que todavía me recuerda detrás de sus ojos o tal vez en las cosas que no dice,
me cuenta que nací con aguaceros, a las seis de la tarde, en luna nueva
dice que estuve muerta por tres días y que no me sacaron de su vientre
porque mi abuela Nena en sus visiones,
me había visto
atravesar la zona de la muerte;
dice también mi madre que al principio de estar junto con ella,
yo me dejaba querer sin miramientos y le pedía me cantara nanas
porque no me gustaba dormirle a los relojes de la sala, su cúmulo de horarios,
fui de acuerdo con ella noctámbula y radical desde el comienzo.
Yo no asimilo esas partes de mí que su memoria guarda,
la mía se vació hace tanto tiempo
que si no fuera por algún retrato de familia que tengo en las gavetas
no podría afirmar que tuve entornos, geografías o espacios sobre el hueso.
Pero recuerdo el mar donde jugué a la infancia y a ser parte de un todo inexplicable,
recuerdo arenas negras y un sonido de barcos navegando mi espalda,
la variedad del verde rasgando mis pupilas, el eco de la luz en mis pulmones
y la fiereza radical con la que el corazón en mí devora vida.

IV

De Campechuela ya no queda nada, ni siquiera la gente que me fue conocida,
tampoco quedan casas donde creció mi infancia
y desaparecieron los amigos,
los que me fueron parte de esa estructura,
donde la vida supo moverse alegremente,
contando papalotes, nubes o auras tiñosas, los dedos de los pies o de las manos,
eran tiempos aquellos de mi pueblo donde se respiraba otro color más vivo
y se tenía una cierta consciencia de personajes tocados por un aire de misterio,
personajes que sólo por el nombre eran reconocidos donde quiera,
como Zoila, la que vendía escobas, trapeadores, plumeros:
negra como los culos de las ollas que se ponían directas sobre el fuego,
también estaba Pepecito el loco, Cabrales con su saco de tubérculos y limones
que los vendía de un extremo al otro y en una sola calle,
para evitar dar vueltas como un trompo
o quizás de manera inteligente discurría que el trópico jamás es elitista
y puede derretir sin miramientos con su discurso de calor a un vivo.
Mi pueblo que tenía un parque con glorieta estilo árabe y pinos y canteros de crotos,
el busto de Martí, del General Massó, quizás el de Ignacio Agramontés, el de Maceo
y algo conmemorativo para dar homenaje a las mujeres por eso de parirnos;
había dos cines que hacían muchas veces de teatro, allí me tropecé con Lola Flores,
Sara Montiel, con Dolores del Rió, María Félix, Pedro Armendáriz,
películas francesas, americanas, luego vinieron las rusas, las polacas
y vinieron también esas películas que jamás se entendieron o daban pie con bola.
En fin las cosas y la gente se fueron disolviendo y de ellas sólo quedan metáforas,
cortometrajes indefiniendo el tiempo que a veces pulveriza la retina.

V

La luz es la otra forma que utilizan las proas de los barcos
cuando en su furia de tocar los puertos y romper meridianos
recrean vértices al agua
trazando lo invisible de la marcha
en los sitos del mar donde una aparente calma, es lo que impera
y la espuma contiene una memoria de gigantescas criaturas marinas
de Islas con estructuras de mujeres, Islas canciones,
Islas a imperativos con esa parte del ojo que deshace
la realidad y la razón
a un tiempo que persiste en medio de su propia inexistencia.
La luz es la otra forma que sostiene a paradigmas de un olor
el texto que constante se escribe y se desteje
detrás de mi cerebro, sin esfuerzo,
allí tropiezo rostros ligeramente conocidos
y otros de los cuales no tengo referencias,
allí también se cruzan las cosas que se han ido con las que aún quedan,
sin yo saber por qué motivo quedan dentro de mi,
colgadas de mis vísceras,
abiertas a escrutinios,
abiertas a que yo las elimine o las regale
lo mismo que una carta que no puede volver al remitente
porque quien la mando se desplazo a otro país, con otro nombre
y otro rostro y otras manos que cambiaron de huellas digitales,
que cambiaron de oficio, que cambiaron el sonido de los pies
y la manera de atravesar a la tierra su espiral de volcanes,
los símbolos no escritos en mapas u horizontes
y que jamás has sido retratados porque se desconocen.
La luz es el espejo de la sombra antes de ser la luz o hacerse cuerpo,
es anterior al gesto donde una mano puede cristalizarla a caricia
a dimisión de cercanía, a llanto, a espejismo en las voces del silencio.

VI

A veces me levanto en transparencias,
en despliegues de cosas no descritas
cosas quizás cercanas a mis retinas
a otros modos de ver con mis pestañas,
a veces el amor tiembla conmigo,
conversa su marea entre mis dedos
se curva entre mis besos
y escala por mi hambre abiertamente
alimentando huesos
con la pasión en firme y a contra húmedo,
a veces las ventanas de mi casa,
transforman su experiencia de vacíos a los pájaros
y le cambian al sol o a los planetas
la geometría de sus paradigmas
si en pensamiento logro rescatarte
de esas partes de mí: las más antiguas
para decirte que todavía mis piernas
recuerdan la caricia de tus tobillos,
la lentitud al gesto de tu lengua
subiendo desde la axila hasta mi nuca,
la manera de conversarme entre tus manos
después que me has querido con tu cuerpo.
A veces te recuerdo mucho mejor, cuando mejor te olvido,
cuando lo conocido en ti juega a este juego
de no haber sido nunca una respiración contra tu oído
o un rastro de saliva marcando tu entrepierna,
haciendo con tu piel ese otro mapa
donde encuentro a intimidad
ciudades del querer que sean reescrito sin esfuerzos:
sitios donde es posible quererte nuevamente y sin reservas,
quererte sin reclamos y olvidarte después
sin que la pena se siente junto a mí o junto mi silla,
compartiendo el café o la sobremesa a una distancia de besos o silencios
a la elocuencia de estar con un vivir sin apariencias,
un vivir donde la vida es siempre, siempre con tus sonrisas
o tus empeños de cambiarle a la casa su estructura,
un vivir que conoce tus perezas, tus inconformidades, tu destiempo.

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La sintaxis es una facultad del alma.
Paul Valéry

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