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Extremo Occidente
Una historia distinta de los Estados Unidos
(Fragmento)

Por Juan Carlos Castillón
Cubano-americanos, germano-americanos y otros norteamericanos con guión
I– Estaba en Miami ¿Dónde estaban los norteamericanos?
¿Cómo empezó este libro? Primero fui a Centroamérica, tenía ganas de vivir una aventura, acudí a una guerra a la que nadie me había invitado y descubrí que no se parecía a las guerras que me contaban los libros, o al menos los libros que a mi me gustaban – supongo que Ernst Junger me debe una disculpa. Después de descubrir lo incómodas que son las guerras, huí de Centroamérica a una ciudad de ensueño que sólo conocía a través de su leyenda, en un país al que no tenía derecho a entrar y cuya cultura ignoraba más allá del prejuicio y el lugar común. Así me encontré un buen día en los Estados Unidos, en Miami, sin papeles. Allí estuve a punto de convertirme en norteamericano. Gente mejor que yo ha caído en esa tentación. Mi primera noche norteamericana no pude dormir. Estaba asustado. A duras penas había logrado cruzar la frontera. No conocía el idioma del país, no hablaba apenas inglés, y el que hablaba no me iba a servir de nada, no tenía nada más que una visa de transito, valida sólo por tres días, que no podía ser cambiada por otra más amplia, no conocía a nadie, carecía de todo tipo de experiencia laboral y si estaba allí era porque no aguantaba ni un día más de guerra civil en Centroamérica y aún no podía volver a España.
Yo era –sigo siéndolo– ciudadano español y tenía alguna educación universitaria, incompleta y absolutamente inútil, pero a todos los efectos era estadísticamente sólo otro inmigrante ilegal llegado del tercer mundo, un centroamericano sin papeles, dispuesto a aceptar cualquier sueldo a cambio de cualquier trabajo. No defraudé a las estadísticas y en los meses siguientes lavé platos, recogí y serví mesas, viví en las habitaciones precarias de los más pobres del país más rico. Fue una interesante experiencia porque en mi inconsciencia sabía, creía, que podría tarde o temprano dejar atrás todo aquello como había dejado atrás la guerra.Aquella noche gané mi primer dinero norteamericano y recibí mi primera lección de americanismo. Estaba en un motel de la Calle Ocho de Miami. Había trabado conversación con un camionero cubano que paraba también allí y en un momento dado él tuvo que descargar su camión. Le ayudé, era un hombre bueno de conversación agradable y era un camión grande lleno de piñas. Seguimos hablando mientras descargábamos las cajas. Al final de la descarga, y sin que yo le pidiera nada, porque no se me había ocurrido que estuviera trabajando, me dio cinco dólares, "En este país nadie está obligado a trabajar de gratis", y me invitó a cenar y a tomar un café. El café era magnifico, como suele serlo en Miami. La comida fue en una cafetería popular, Casablanca, a la que volví cada vez que a lo largo de los años sentí nostalgia de los primeros días pasados allí. Para mi tranquilidad, alrededor mío todo el mundo hablaba español, el español rápido y a veces demasiado chillón de la gente del Caribe urbano. El menú estaba escrito en la pared e impreso en las servilletas de papel que hacían las veces de mantel. Antes incluso de pedir la comida tenías delante tuyo un vaso de agua helada y una canasta de pan caliente. Muchos de los platos tenían nombres más o menos españoles, caldo gallego, cocido madrileño, fabada asturiana o fabada cubana –me he ido de Miami sin saber que es una fabada cubana–; otros tenían un nombre americano pero estaban adaptados al gusto cubano. Los sándwiches eran inmensos y te llenaban tanto como un plato del menú regular, y algunas de las sodas que aparecían en la nevera junto a Coca-Cola y Pepsi-Cola llevaban los nombres de las dejadas en Cuba un cuarto de siglo atrás –Materva, Ironbeer, Cawy–, nombres que nunca había oído antes, y que nunca volvería a oír fuera de aquel barrio.
El Casablanca era un lugar ruidoso en el que camareras y clientes se hablaban de tú y con la más absoluta confianza, en el que todo el mundo parecía conocerse entre sí. El sitio en sí, a pesar de su evidente cubanidad, a mi me parecía una vieja cafetería norteamericana de los años cincuenta, con camareras vestidas con uniformes de poliéster y redecilla en la cabeza. Después me enteré de que era la copia miamiense de una cafetería habanera de aquella época, una época en que las cafeterías cubanas modernas copiaban las cafeterías norteamericanas. Era como estar en la copia de una copia transformada por accidente en un original, porque a fin de cuentas aquella era también una cafetería norteamericana en territorio norteamericano. A pesar de ello, allí, aquella primera noche, me pregunté "¿dónde están los norteamericanos en este pueblo?". Sólo mucho tiempo después supe hacerme la pregunta correcta: "¿quiénes son los norteamericanos?".
Aquel lugar y aquella cafetería eran típicos de Miami. Aquella gente era cubana pero también norteamericana. Estaba a medio camino entre una cultura propia, que había cambiado desde su marcha a principios de los años sesenta, y otra a la que todavía no pertenecía plenamente. Ellos creían seguir siendo cubanos pero ya no entendían a los cubanos que llegaron después con veinte años de diferencia, y aunque a veces decían ser norteamericanos carecían de muchas de las referencias culturales que hacen de un norteamericano un norteamericano a parte entera y hablaban las más de las veces un inglés imperfecto que les impedía comunicarse con el resto de sus supuestos compatriotas. Creían, y esa fue una convicción que compartí por bastante tiempo, ser distintos al resto del mundo, al resto de los norteamericanos y al resto de las emigraciones que habían precedido a la suya.
En realidad tenían más cosas en común con esas emigraciones que las que nunca conocerían o, de conocer, admitirían. Los primeros exilados cubanos que habían llegado en los años sesenta del Siglo XX, como los inmigrantes alemanes llegados a Estados Unidos después de 1848, eran más sofisticados que la gente en medio de la que habían ido a residir, Miami no era una gran ciudad como La Habana, de la que tantos de ellos venían; mientras que los cubanos llegados en los años ochenta habían tenido que superar las mismas antipatías y prejuicios que los inmigrantes irlandeses del Siglo XIX. El enclave que habían construido era equivalente a los barrios italianos, griegos, irlandeses, polacos o judíos de tiempos pasados, o a los de los rusos que comenzarían a llegar pocos años más tarde. Muestra involuntaria, o al menos no premeditada, del lema nacional, "Et pluribus unum", Little Italy y Little Havana son iguales hasta en las tiendas de souvenirs étnicos, de la misma manera que los barrios de Little Warsaw y Little Odessa sólo pueden convivir en paz entre sí, y con el vecino barrio judío, en una gran ciudad norteamericana.
Juan Carlos Castillón es una escritor barcelonés, autor de "Amos del Mundo", 2006, traducido a varios idiomas y con el que obtuvo un gran éxito de ventas y "Nieve sobre Miami" entre otras obras. "Extremo–Occidente" será publicado en Barcelona este otoño del 2008 por la Editorial Debate.
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